El Efecto Pinocho: por qué detectar una mentira es mucho más difícil de lo que creemos

efecto pinocho
La psicología lleva décadas estudiando cómo mentimos y cómo intentamos descubrir las mentiras de los demás. Sus conclusiones son menos espectaculares que las de las series de detectives, pero mucho más interesantes: no existe una señal infalible del engaño. Tal vez la pregunta correcta no sea “¿cómo sé si alguien me miente?”, sino “¿cómo puedo evaluar mejor aquello que me están diciendo?”.

Hace unas semanas, mientras leía Rompe la barrera del NO, de Chris Voss, hubo una expresión que consiguió sacarme momentáneamente de la negociación de rehenes y llevarme a un lugar bastante inesperado: un viejo taller de carpintería.

Voss menciona el Efecto Pinocho al hablar de ciertos patrones lingüísticos que pueden aparecer durante una mentira. La asociación es inmediata: un muñeco de madera dice algo que no es cierto y su nariz comienza a crecer. Qué extraordinariamente conveniente sería que los seres humanos funcionáramos de la misma manera. Una pequeña modificación anatómica y problema resuelto.

No necesitaríamos interrogatorios, cámaras de seguridad, investigaciones, peritajes ni largas discusiones de pareja. Bastaría observar atentamente el centro del rostro, pero quizás por eso el símbolo de Pinocho ha sobrevivido tan bien en nuestra imaginación: representa uno de nuestros deseos psicológicos más persistentes, que la mentira pueda verse.

Queremos que exista alguna grieta, un gesto, una palabra, una alteración de la voz, una mirada que huye, una nariz que, metafóricamente al menos, comience a crecer y llevamos décadas intentando encontrarla.

Nuestra fascinación por descubrir al mentiroso

Hay pocas preguntas sobre la conducta humana que generen tanta curiosidad como esta:

¿Cómo saber si alguien está mintiendo?

La respuesta interesa a policías y jueces, pero también a psicólogos, empresarios, negociadores, padres, parejas, entrevistadores laborales y prácticamente cualquier persona que alguna vez haya sospechado que la historia que estaba escuchando tenía algunas piezas de más… o algunas convenientemente ausentes. Nuestra cultura refleja esa fascinación: los detectives extraordinariamente perceptivos abundan en la ficción. Observan una contracción muscular de medio segundo, una pausa aparentemente insignificante o una palabra fuera de lugar y reconstruyen inmediatamente la verdad.

Nos encanta esa fantasía porque transforma algo profundamente incierto —la mente del otro— en un problema que aparentemente puede resolverse mediante suficiente inteligencia, existe, además, algo arquetípico en esa figura.

El detective entra en una escena donde las apariencias engañan y trata de descubrir la realidad que permanece oculta. En cierto sentido, realiza una tarea semejante a la del psicólogo: intenta encontrar aquello que existe detrás del relato manifiesto, pero la investigación científica introduce una advertencia importante.

No somos tan buenos haciendo esto como creemos.

Uno de los meta-análisis clásicos sobre detección de engaño, realizado por Charles Bond y Bella DePaulo, reunió resultados procedentes de más de veinte mil evaluadores. La precisión promedio para distinguir verdad de mentira se situaba alrededor del 54 %, es decir, apenas por encima del azar.

Esto resulta especialmente interesante porque nuestra confianza subjetiva suele ser mucho mayor, creemos detectar a los mentirosos. La evidencia indica que, muchas veces, simplemente creemos que los detectamos.

El problema de buscar “la señal”

Durante mucho tiempo, buena parte de nuestra imaginación popular sobre el engaño se concentró en el cuerpo. Quien miente evita mirar a los ojos, se toca la cara, cruza los brazos, se mueve demasiado, tartamudea, parece nervioso. El problema es que ninguna de esas conductas constituye una firma universal de la mentira.

Una amplia revisión realizada por Bella DePaulo y colaboradores examinó 158 posibles indicadores y encontró algo bastante menos cinematográfico: muchos tenían relaciones pequeñas o inexistentes con el engaño y hay una razón bastante lógica: el nerviosismo no significa mentira; significa nerviosismo.

Una persona inocente interrogada por la policía puede estar aterrorizada. Un empleado diciendo la verdad frente a un jefe puede mostrarse incómodo. Alguien acostumbrado a mentir puede permanecer extraordinariamente tranquilo. El error aparece cuando confundimos activación emocional con engaño.

La ciencia de la mentira ha ido desplazándose precisamente desde esa búsqueda de un gesto revelador hacia una pregunta mucho más sofisticada:

¿qué ocurre cuando una persona tiene que construir y sostener una versión de los hechos que no coincide con la realidad? y aquí el lenguaje comienza a resultar mucho más interesante.

Cuando la mentira empieza a crecer

La investigación citada por Chris Voss fue realizada por Lyn Van Swol, Michael Braun y Deepak Malhotra, profesor de Harvard Business School. Los investigadores analizaron conversaciones producidas durante una situación de negociación en la que algunos participantes podían decir la verdad, mentir directamente u ocultar parte de la información. Encontraron diferencias interesantes.

Quienes mentían abiertamente tendían, en aquel contexto experimental, a utilizar más palabras, más expresiones en tercera persona y estructuras lingüísticas más complejas. Los autores denominaron a este fenómeno Efecto Pinocho: así como la nariz del personaje crecía con la mentira, en determinados casos parecía crecer también el relato. La interpretación resulta psicológicamente seductora. Cuando inventamos una historia, no solamente debemos construirla, también debemos conseguir que el otro la crea. Entonces añadimos argumentos, explicaciones, detalles, justificaciones. La mentira puede convertirse en una arquitectura que exige mantenimiento.

Sin embargo, el mismo estudio aporta una advertencia fundamental: quienes engañaban por omisión hacían prácticamente lo contrario. Hablaban menos. Ese pequeño detalle cambia completamente la manera de entender el fenómeno. No existe un “idioma universal del mentiroso”. Una persona puede hablar demasiado porque está intentando convencernos, otra puede reducir cuidadosamente la información precisamente para no introducir datos que después puedan comprobarse. La mentira no es simplemente una reacción automática, también es una estrategia.

La nariz que llegó al laboratorio

Pero la metáfora de Pinocho encontró todavía otra vida dentro de la investigación científica. Investigadores de la Universidad de Granada comenzaron a estudiar mediante termografía los cambios de temperatura corporal asociados a procesos cognitivos y emocionales, entre ellos la mentira. En 2012 el fenómeno llegó a los medios bajo un irresistible nombre: nuevamente, el Efecto Pinocho.

Esta vez no se trataba de palabras: se trataba literalmente de la nariz, sin embargo, la historia científica es más interesante que el titular.

Trabajos posteriores publicados por el equipo mostraron que las modificaciones térmicas asociadas al engaño dependen de la interacción entre esfuerzo cognitivo, estrés y activación autonómica. En determinados experimentos, durante la mentira disminuyó la temperatura de la nariz mientras aumentaba la de la frente. Esto es importante porque revela algo que atraviesa prácticamente toda la investigación sobre detección del engaño: el organismo responde, pero interpretar esa respuesta es otra cuestión.

El cuerpo puede cambiar porque pensamos intensamente, porque sentimos miedo, porque anticipamos consecuencias, porque intentamos controlar una emoción, porque mentimos o porque estamos diciendo una verdad que nos resulta extremadamente difícil. Una cámara puede medir temperatura. Lo que no puede hacer automáticamente es interpretar la historia psicológica que produjo ese cambio y allí regresamos al verdadero problema.

Estamos diseñados para creer

Quizás uno de los aportes más interesantes de la investigación moderna sobre engaño provenga de Timothy Levine y su Truth-Default Theory, o teoría del predominio de la verdad. Su planteamiento, simplificando una teoría bastante más extensa, es que nuestra comunicación cotidiana funciona bajo una presuposición fundamental: normalmente creemos que las personas nos están diciendo la verdad. No analizamos cada frase como investigadores forenses y afortunadamente es así. Imagine por un momento lo contrario. Cada conversación comenzaría con una auditoría: 

“Llegaré a las seis.”

—Demúestralo.

“Me duele la cabeza.”

—Necesito evidencia independiente.

“Te quiero.”

—¿Existe documentación respaldatoria?

La convivencia se volvería imposible. La confianza constituye una especie de infraestructura invisible de la vida social, por eso nuestro sistema cognitivo no parece haber evolucionado para permanecer permanentemente en modo detective. Normalmente aceptamos la comunicación hasta que algún elemento suficientemente importante activa la sospecha.

Visto desde esta perspectiva, nuestra mediocre capacidad para detectar mentiras deja de parecer un defecto absurdo. Puede ser el costo inevitable de poseer una especie profundamente cooperativa.

El problema comienza cuando confundimos esa confianza necesaria con ingenuidad… o cuando, después de haber sido engañados, nos desplazamos al extremo contrario y comenzamos a sospechar de todo.

El peligro de convertirnos en detectores humanos de mentiras

Esta cuestión tiene consecuencias especialmente importantes en las organizaciones. Un gerente sospecha que alguien está ocultando información, un entrevistador cree que un candidato “no le cierra”, un responsable escucha una explicación sobre un error, un negociador piensa que la contraparte está inflando cifras. En todas esas situaciones aparece una tentación muy humana: leer a la persona, pero una práctica mucho más sólida consiste en examinar la información.

La diferencia parece pequeña y es enorme, en lugar de preguntarnos: “¿Parece sincero?” podemos preguntarnos: “¿Qué elementos de este relato pueden verificarse?”

En lugar de: “¿Por qué está tan nervioso?” podemos preguntar: “¿Qué ocurrió exactamente antes y después?”

En lugar de: “Creo que me está mintiendo.” podemos pensar: “¿Qué evidencia debería existir si esta versión fuera correcta?”

Esa lógica está detrás de varias líneas contemporáneas de investigación sobre entrevistas y detección verbal del engaño. El llamado Verifiability Approach, por ejemplo, parte de una tensión estratégica particularmente elegante. Quien dice la verdad puede proporcionar detalles que eventualmente serán comprobados porque esos detalles pertenecen a una experiencia real. Quien inventa una historia enfrenta un dilema: necesita suficientes detalles para resultar convincente, pero cada detalle verificable puede convertirse en una amenaza para su historia.

Los estudios encuentran que los relatos verdaderos tienden a incluir una mayor cantidad de información comprobable que los relatos inventados, aunque los propios investigadores advierten que esto tampoco debe utilizarse como una prueba aislada de culpabilidad o engaño. Ahí aparece probablemente una de las lecciones más útiles de toda esta literatura. La buena detección de engaño depende menos de observar y más de preguntar.

Cuatro principios más útiles que “leer el lenguaje corporal”

La investigación sobre mentira permite trasladar algunas ideas interesantes a conversaciones difíciles, negociaciones y contextos organizacionales:

  1. Busque inconsistencias en la información, no rarezas en la persona. Una desviación del comportamiento habitual puede indicar tensión, sorpresa, miedo o muchas otras cosas. No demuestra una mentira.

  2. Haga preguntas abiertas antes de revelar toda la información que usted posee. Cuando conocemos determinados hechos y los presentamos inmediatamente, también estamos proporcionando al otro el mapa necesario para construir una explicación. Las técnicas de uso estratégico de evidencia estudian precisamente cómo la secuencia de las preguntas puede facilitar la aparición de contradicciones relevantes.

  3. Busque detalles verificables. Nombres, lugares, horarios, documentos, mensajes, secuencias o personas que puedan confirmar un hecho son más útiles que una impresión general de sinceridad.

  4. Mantenga abierta la posibilidad de estar equivocado. La sospecha genera sesgos igual que la confianza. Cuando decidimos demasiado pronto que alguien miente, comenzamos a interpretar cualquier conducta como evidencia de nuestra hipótesis.

Este último punto quizá sea el más incómodo. El mal detector de mentiras no siempre es quien cree demasiado, también puede ser quien desconfía demasiado.

El símbolo que la ciencia todavía necesita

Y entonces podemos volver a nuestro muñeco de madera. Tal vez lo verdaderamente interesante de la nariz de Pinocho no sea que permita descubrir una mentira. Tal vez sea aquello que revela sobre nosotros.

Durante siglos hemos imaginado historias en las que la verdad termina apareciendo: espejos que no pueden engañarse, juramentos que obligan a hablar, objetos mágicos que revelan intenciones, dioses capaces de conocer lo oculto.

Necesitamos esos símbolos porque convivir con una mente distinta de la nuestra siempre implica incertidumbre. Nunca podemos acceder completamente a la experiencia interior del otro. La palabra es el puente y precisamente porque dependemos de ese puente, la mentira nos inquieta tanto.

Desde una perspectiva psicológica profunda, podríamos pensar que la nariz que crece exterioriza algo que en la vida real permanece invisible: la distancia entre aquello que somos, aquello que sabemos y aquello que decidimos mostrar.

Quizás ese sea el verdadero poder del cuento. No promete simplemente que podremos descubrir al mentiroso. Nos recuerda que sostener dos realidades —la vivida y la narrada— tiene consecuencias psíquicas, pero aquí conviene introducir una precaución muy junguiana: la sombra no pertenece solamente al otro. Nuestra fascinación por descubrir la mentira ajena puede evitar una pregunta bastante menos cómoda: ¿Qué hacemos nosotros con la verdad cuando amenaza nuestra propia imagen?

Porque engañar no siempre consiste en inventar deliberadamente una historia para perjudicar a alguien, también seleccionamos recuerdos. Omitimos información. Racionalizamos decisiones. Construimos explicaciones que protegen nuestra autoestima y, en ocasiones, la persona a la que más eficazmente engañamos somos nosotros mismos.

De perseguir mentiras a construir mejores preguntas

Tal vez después de décadas buscando el equivalente científico de una nariz que crece, la psicología esté llegando a una conclusión más madura. No necesitamos convertirnos en detectores humanos de mentiras. Necesitamos convertirnos en mejores investigadores de la realidad. Eso significa tolerar por unos minutos la incertidumbre. Escuchar antes de concluir. Separar observaciones de interpretaciones. Buscar evidencia independiente. Preguntar mejor y reconocer que ninguna mirada, ninguna palabra, ninguna cámara térmica y probablemente ningún algoritmo debería convertirse por sí solo en juez de la verdad.

Incluso las tecnologías actuales de detección automática siguen enfrentando precisamente el mismo problema: la mentira humana depende demasiado del contexto para reducirla cómodamente a una única señal. Quizás nunca tengamos la nariz de Pinocho que secretamente desearíamos tener y posiblemente sea mejor así, porque una sociedad donde todos pudiéramos detectar instantáneamente cualquier ocultamiento sería muy diferente de la nuestra. La confianza ya no tendría valor. La intimidad sería casi imposible y probablemente descubriríamos algo bastante incómodo sobre la cantidad de pequeñas ficciones que sostienen nuestra identidad cotidiana.

Pinocho buscaba convertirse en un niño verdadero. Nosotros seguimos intentando resolver un problema más complejo: cómo reconocer la verdad cuando no existe una nariz que pueda mostrárnosla.

Si quieres seguir explorando la psicología de la mentira

Este artículo deja deliberadamente algunas puertas abiertas. En este video del canal Desde Mi Psique profundizamos en el Efecto Pinocho, la ciencia de la mentira, las señales que creemos detectar, lo que ocurre en nuestro cuerpo cuando engañamos y la extraordinaria relación entre un antiguo cuento, la psicología y nuestra obsesión por conocer la verdad.

Si este tema despertó tu curiosidad, te invito a ver el video completo. Hay mucho más detrás de una mentira de lo que puede contarnos una nariz.

▶ Mira el video: El Efecto Pinocho y la psicología de la mentira | Desde Mi Psique



Referencias y lecturas recomendadas

Bond, C. F. Jr., & DePaulo, B. M. (2006). Accuracy of deception judgments. Personality and Social Psychology Review, 10(3), 214–234.

DePaulo, B. M., et al. (2003). Cues to deception. Psychological Bulletin, 129(1), 74–118.

Levine, T. R. (2014). Truth-Default Theory (TDT): A theory of human deception and deception detection. Journal of Language and Social Psychology, 33(4), 378–392.

Moliné, A., et al. (2017). The Pinocchio effect and the Cold Stress Test: Lies and thermography. Psychophysiology.

Moliné, A., et al. (2018). The mental nose and the Pinocchio effect: Thermography, planning, anxiety, and lies. Journal of Investigative Psychology and Offender Profiling, 15(2), 234–248.

Van Swol, L. M., Braun, M. T., & Malhotra, D. (2012). Evidence for the Pinocchio Effect: Linguistic differences between lies, deception by omissions, and truths. Discourse Processes, 49(2), 79–106.

Vrij, A. (2022). Verbal lie detection: Its past, present and future. Brain Sciences, 12.

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