Incertidumbre apilada: el concepto que explica por qué el cambio nos agota tanto
Hay conceptos que llegan con la precisión de una buena herramienta: no inventan el problema, pero nos permiten verlo con una claridad nueva. Eso ocurre con la idea de incertidumbre apilada, una traducción posible del concepto stacked uncertainties, propuesto por Breanna C. Lawrence y Linnea Leist en el artículo académico “Stacked Uncertainties: Understanding Educator Well-Being and Resilience in an Era of Rapid Change”, publicado en 2026 en la revista Behavioral Sciences.
Aunque el artículo se centra en el bienestar y la resiliencia de los educadores, su aporte conceptual excede ampliamente el campo educativo. La idea de incertidumbre apilada permite comprender una experiencia cada vez más común en la vida contemporánea: no enfrentamos una sola incertidumbre, sino múltiples incertidumbres simultáneas que se superponen, interactúan y consumen los mismos recursos psicológicos, relacionales, organizacionales y materiales.
Dicho de otro modo: muchas personas no están agotadas por “un problema”. Están agotadas por capas.
Capas de cambio laboral, presión económica, transformación tecnológica, incertidumbre social, exigencias familiares, ambigüedad institucional, crisis de sentido, decisiones pendientes y futuros posibles que todavía no tienen forma. Cada una de esas incertidumbres podría ser manejable por separado, pero cuando se acumulan, el efecto no es simplemente sumatorio. La incertidumbre no se amontona como objetos neutros sobre una mesa; se amplifica, se contamina entre sí y empieza a competir por la misma energía adaptativa.
No es lo mismo dificultad que incertidumbre
Una de las claves del concepto es distinguir entre dificultad e incertidumbre.
Una dificultad puede ser intensa, incluso dolorosa, pero suele tener una forma reconocible. Sabemos qué está ocurriendo, qué se espera de nosotros o al menos cuál es el problema que debemos enfrentar. Un informe que entregar, una deuda que pagar, un conflicto que resolver, una mudanza, una enfermedad, una conversación pendiente o una decisión concreta pueden generar estrés, pero conservan cierto contorno.
La incertidumbre, en cambio, aparece cuando no sabemos exactamente qué significa lo que está ocurriendo, cuánto tiempo durará, qué consecuencias tendrá, qué respuesta será adecuada o qué parte de nuestra vida quedará modificada cuando el proceso termine.
La dificultad activa esfuerzo. La incertidumbre activa vigilancia y cuando la vigilancia se prolonga demasiado, la mente se desgasta. El sistema nervioso no descansa igual cuando percibe que el entorno sigue abierto, inestable o ambiguo. Nuestro cerebro busca patrones, causas, señales y previsibilidad; cuando no las encuentra, continúa trabajando en segundo plano, intentando completar mapas incompletos.
El problema contemporáneo es que ya no tenemos un solo mapa incompleto. Tenemos varios.
El mapa del trabajo, el mapa de la economía, el mapa de la salud, el mapa de los vínculos, el mapa de la tecnología, el mapa del futuro, el mapa de la identidad y, en muchos casos, el mapa de una vida que ya no se parece del todo a la que imaginábamos.
La carga adaptativa acumulada
La idea de incertidumbre apilada también obliga a mirar con mayor precisión un fenómeno que muchas organizaciones todavía subestiman: la carga adaptativa acumulada.
En el mundo del trabajo, solemos medir carga laboral, productividad, cumplimiento de tareas, desempeño, indicadores, ausentismo, rotación o clima organizacional. Sin embargo, rara vez nos preguntamos cuánta adaptación simultánea se le está pidiendo a una persona o a un equipo.
Adaptarse no es simplemente aceptar una nueva instrucción. Adaptarse implica reorganizar rutinas, expectativas, conocimientos, relaciones, prioridades, criterios de éxito y sensación de competencia. Cada cambio exige una pequeña reestructuración psicológica.
Cuando una organización implementa un nuevo sistema, cambia una política, modifica horarios, redefine indicadores, incorpora inteligencia artificial, ajusta procesos, cambia jefaturas y comunica nuevas prioridades, puede creer que cada cambio es aislado. Pero para la persona que lo vive, todo entra en una misma economía interna de recursos.
Tiempo, atención, paciencia, energía emocional, memoria de trabajo, confianza en el liderazgo, apoyo de los compañeros y capacidad de juicio no son recursos infinitos.
Por eso la frase “solo es una cosa más” suele ser psicológicamente engañosa. El punto no es la cosa. El punto es el “más”.
Una cosa más sobre una pila demasiado cargada puede producir un efecto desproporcionado, no porque la persona sea débil, sino porque su capacidad adaptativa ya estaba comprometida.
Cuando la resiliencia se vuelve una palabra sospechosa
La incertidumbre apilada también nos obliga a revisar el modo en que hablamos de resiliencia.
Durante los últimos años, la resiliencia se convirtió en una palabra omnipresente en discursos educativos, empresariales y de desarrollo personal. Se espera que las personas sean resilientes ante el cambio, la presión, la ambigüedad, la crisis, la transformación digital y las nuevas demandas del entorno, pero hay una pregunta incómoda que conviene hacer: ¿resilientes frente a qué?
Una cosa es desarrollar recursos para afrontar la complejidad inevitable de la vida. Otra muy distinta es pedir resiliencia para tolerar sistemas mal diseñados, liderazgos incoherentes, comunicación deficiente, procesos confusos o demandas contradictorias.
La resiliencia no debería convertirse en una forma elegante de trasladar al individuo la responsabilidad por problemas estructurales.
Desde una perspectiva más madura, la resiliencia no es simplemente una virtud individual. Es un proceso dinámico que depende también del acceso a recursos relacionales, institucionales, organizacionales y materiales. Una persona puede sostener mejor la incertidumbre si cuenta con información clara, apoyo confiable, criterios justos, liderazgo coherente, tiempos razonables, espacios de aprendizaje y sentido compartido.
En ausencia de esos recursos, pedir más resiliencia puede sonar casi cruel.
No siempre necesitamos personas más fuertes. A veces necesitamos sistemas menos absurdos.
Resistencia al cambio o agotamiento adaptativo
Uno de los aportes más interesantes del concepto de incertidumbre apilada es que permite reinterpretar ciertos comportamientos que suelen etiquetarse rápidamente como resistencia al cambio.
Por supuesto, la resistencia al cambio existe. Las personas pueden aferrarse a lo conocido, temer perder competencia, estatus o seguridad, defender hábitos antiguos o experimentar amenaza ante nuevas formas de trabajo. Todo cambio toca identidad, y por eso nunca es puramente técnico, pero no toda resistencia es simple terquedad. A veces lo que llamamos resistencia al cambio es, en realidad, agotamiento de la capacidad de adaptación.
Cuando una persona lleva meses procesando incertidumbres laborales, familiares, económicas, tecnológicas y emocionales, el siguiente cambio, aunque parezca menor, puede convertirse en la incertidumbre número once. Desde afuera se ve como exageración. Desde adentro se vive como saturación.
Esta distinción tiene implicaciones importantes para el liderazgo y la gestión de talentos. Antes de concluir que un equipo “no quiere cambiar”, conviene preguntar:
La resistencia puede ser un problema. Pero también puede ser un dato.
Y una organización inteligente no se limita a castigar los síntomas; aprende a leerlos.
La incertidumbre como fenómeno ecológico
Lawrence y Leist proponen mirar la incertidumbre no como una colección de desafíos aislados, sino como un fenómeno ecológico. Esta mirada es especialmente valiosa porque desplaza la pregunta desde “¿qué le pasa a esta persona?” hacia “¿qué sistema de incertidumbres está habitando esta persona?”.
La diferencia es enorme.
Una persona no vive la incertidumbre en abstracto. La vive dentro de una red de relaciones, instituciones, normas, expectativas, recursos y presiones. La vive en un país, una economía, una familia, una organización, una etapa vital, una cultura digital y una historia personal.
Por eso, dos personas pueden enfrentar formalmente el mismo cambio y vivir psicológicamente experiencias muy distintas. Una puede contar con apoyo, claridad y margen de aprendizaje; otra puede recibir la misma información en medio de sobrecarga, ambigüedad, presión económica y temor a equivocarse.
La política es la misma. La experiencia no.
Aquí aparece una lección importante para Recursos Humanos y Desarrollo Organizacional: no basta con diseñar cambios técnicamente correctos. También hay que comprender las condiciones psicológicas bajo las cuales las personas deberán procesarlos. El cambio no ocurre solo en organigramas, sistemas y procedimientos. Ocurre también en cuerpos, vínculos, expectativas, miedos y narrativas internas.
La necesidad de desapilar
Si la incertidumbre se apila, la respuesta no puede ser solamente “aguantar más”. Necesitamos aprender a desapilar.
Desapilar no significa eliminar toda incertidumbre, porque eso sería imposible y, en algunos casos, incluso indeseable. La incertidumbre también puede abrir posibilidades, estimular creatividad, romper falsas seguridades y empujar procesos de transformación, pero no toda incertidumbre es fértil.
Algunas incertidumbres son productivas porque nos invitan a pensar, crear y revisar supuestos. Otras son tóxicas porque nacen del desorden, la negligencia, la arbitrariedad o la falta de comunicación.
Desapilar implica distinguir.
Esta distinción es fundamental porque muchas veces sufrimos más cuando convertimos todas las incertidumbres en una sola nube oscura e indiferenciada. Nombrar las capas no resuelve todo, pero reduce la niebla y cuando la niebla baja, recuperamos agencia.
Una lectura psicológica más profunda
Desde una mirada psicológica más amplia, la incertidumbre apilada no solo afecta la capacidad de trabajar o tomar decisiones. También toca algo más profundo: nuestra relación con el futuro y con la identidad.
Cuando el entorno cambia demasiado rápido, no solo preguntamos “qué debo hacer”. También empezamos a preguntar, aunque sea de manera silenciosa: “quién soy ahora”, “qué sé realmente”, “qué lugar tengo”, “qué parte de mí sigue siendo válida”, “qué debo soltar” y “qué forma tendrá mi vida si las certezas anteriores ya no alcanzan”.
En ese sentido, la incertidumbre no es solo un problema cognitivo. Es también un problema simbólico.
La psique humana necesita tiempo para convertir la experiencia en significado. Necesita pausas, relatos, conversaciones, imágenes, rituales y espacios donde lo vivido pueda ser pensado. Cuando la incertidumbre se acumula sin elaboración, no necesariamente se transforma en aprendizaje. Puede transformarse en ansiedad.
Esta es quizá una de las grandes tensiones de nuestra época: aumentan las demandas de adaptación, pero disminuyen los espacios para elaborar el cambio.
Todo debe ser rápido, eficiente, medible, inmediato y funcional. Sin embargo, los procesos humanos importantes no siempre obedecen al ritmo de los sistemas. Aprender, confiar, elaborar una pérdida, construir sentido, cambiar una identidad profesional o atravesar una crisis requiere tiempo psicológico. No todo lo urgente es profundo y no todo lo profundo puede acelerarse.
Implicaciones para organizaciones y líderes
Si llevamos este concepto al campo organizacional, aparecen algunas implicaciones prácticas muy relevantes.
Primero, las organizaciones deberían empezar a considerar la carga adaptativa acumulada antes de introducir nuevos cambios. No basta con preguntar si un cambio es necesario; también hay que preguntar si el sistema humano que deberá recibirlo tiene recursos suficientes para procesarlo.
Segundo, la comunicación clara deja de ser un detalle operativo y se convierte en una herramienta de salud psicológica. Cada ambigüedad innecesaria agrega peso a la pila.
Tercero, la resiliencia debe entenderse como una responsabilidad compartida. Las personas necesitan desarrollar recursos internos, pero las organizaciones también deben construir condiciones que permitan sostener esos recursos.
Cuarto, la resistencia al cambio debe leerse con más inteligencia. Puede indicar miedo, apego o falta de formación, pero también puede revelar saturación, falta de sentido o exceso de incertidumbres simultáneas.
Quinto, el liderazgo debe aprender a distinguir entre incertidumbre inevitable e incertidumbre generada por el propio sistema. La primera debe acompañarse; la segunda debe reducirse.
Una organización madura no es aquella que elimina todo cambio. Eso sería imposible. Una organización madura es aquella que comprende que el cambio tiene una ecología emocional.
Y si esa ecología se descuida, la adaptación se convierte en agotamiento.
Una pregunta para nuestro tiempo
La incertidumbre apilada nos ofrece un lenguaje preciso para una experiencia que muchas personas ya conocían en el cuerpo, pero no siempre podían nombrar.
Se trata de la acumulación de demasiadas preguntas abiertas compitiendo por los mismos recursos humanos.
Y quizá por eso este concepto resulta tan poderoso: porque nos permite pasar del juicio a la comprensión.
En lugar de preguntar “por qué esta persona no puede con esto”, podríamos preguntar “cuántas capas está sosteniendo al mismo tiempo”.
En lugar de exigir adaptación permanente, podríamos preguntarnos qué recursos necesita una persona para adaptarse sin perderse a sí misma.
En lugar de celebrar la resiliencia como aguante silencioso, podríamos pensarla como una capacidad colectiva, sostenida por vínculos, claridad, sentido y condiciones organizacionales saludables.
La pregunta central, entonces, no es cómo eliminar la incertidumbre de nuestras vidas. Eso no ocurrirá.
La pregunta es cómo aprender a habitarla sin quedar atrapados dentro de ella o, dicho de otro modo: ¿qué tipo de conciencia individual y colectiva necesitamos desarrollar para no convertir cada nueva incertidumbre en una capa más de agotamiento?
Sobre este tema también preparé un video en el canal Desde Mi Psique, donde desarrollo el concepto de incertidumbre apilada desde una mirada psicológica, simbólica y organizacional.
Ver video: [insertar aquí el enlace del video]



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