Por qué a tantas mujeres les cuesta decir que no

decir que no
Hay una escena que se repite con extraordinaria facilidad en oficinas, familias, grupos de amigos y organizaciones de casi cualquier tamaño. Alguien necesita que una tarea sea realizada, aparece un silencio incómodo y, después de algunos segundos, una persona termina diciendo: “Está bien, yo lo hago”. El problema no es que ayudar sea malo ni que colaborar constituya una señal de debilidad. El problema aparece cuando la disponibilidad deja de ser una elección y comienza a convertirse en una expectativa, especialmente cuando determinadas personas terminan siendo sistemáticamente identificadas como aquellas que probablemente dirán que sí.

En el caso de las mujeres, esta dinámica tiene una dimensión particularmente interesante porque la dificultad para decir que no suele explicarse como un problema individual: falta de autoestima, poca asertividad, necesidad de agradar o incapacidad para establecer límites. Sin embargo, la evidencia de la psicología social y de la economía conductual sugiere una historia bastante más compleja. Las decisiones individuales ocurren dentro de sistemas de expectativas, recompensas y sanciones sociales. A veces una mujer dice que sí porque desea hacerlo; otras veces dice que sí porque ha aprendido, explícita o implícitamente, que negarse tiene un costo.

El verdadero problema, por tanto, quizá no sea simplemente preguntarnos por qué las mujeres no dicen que no, sino examinar qué ocurre alrededor de una mujer cuando comienza a hacerlo.

La paradoja de ser competente y, al mismo tiempo, agradable

Durante décadas, la investigación sobre estereotipos de género ha mostrado una distinción persistente entre los atributos que culturalmente asociamos con hombres y mujeres. A las mujeres se les atribuyen con mayor frecuencia características denominadas comunales: empatía, amabilidad, cooperación, sensibilidad interpersonal, cuidado y disposición para ayudar. Los hombres, en cambio, son asociados con mayor frecuencia a atributos agénticos: independencia, dominancia, ambición, autoconfianza y asertividad. No significa que hombres y mujeres sean necesariamente así; significa que esperamos determinadas conductas de ellos.

Esta diferencia es importante porque los estereotipos no son solamente descriptivos —“cómo creemos que son las mujeres”— sino también prescriptivos —“cómo creemos que deberían comportarse”—. Cuando una mujer se aparta demasiado de la expectativa de cordialidad, disponibilidad o cooperación, puede encontrarse con una evaluación social diferente a la que recibiría un hombre realizando exactamente la misma conducta. La literatura sobre backlash ha documentado precisamente este fenómeno: las mujeres que adoptan comportamientos percibidos como muy dominantes, autopromocionales o contrarios a las expectativas tradicionales de comunalidad pueden ser consideradas competentes y, al mismo tiempo, recibir evaluaciones menos favorables en dimensiones como simpatía o habilidades sociales.

Esto ayuda a comprender por qué aprender a decir que no no es únicamente adquirir una técnica de comunicación. Existe una tensión mucho más interesante: una mujer puede saber intelectualmente que tiene derecho a poner un límite y, simultáneamente, anticipar que hacerlo modificará la manera en que será percibida.

No hace falta que ese cálculo sea consciente. Después de años observando qué comportamientos reciben aprobación, qué mujeres son llamadas “difíciles”, quién es considerada colaboradora y quién es señalada como egoísta, empezamos a construir mapas sociales extraordinariamente sofisticados. Decir que sí puede transformarse en una estrategia de pertenencia mucho antes de convertirse en un problema de límites.

La ciencia del “alguien tiene que hacerlo”

Uno de los hallazgos más reveladores sobre este fenómeno proviene de investigaciones realizadas por Linda Babcock, Maria Recalde, Lise Vesterlund y Laurie Weingart sobre lo que denominaron tareas de baja promocionabilidad: actividades necesarias para que una organización funcione, pero que ofrecen poco reconocimiento, escasa visibilidad y pocas probabilidades de contribuir a una promoción.

Organizar una reunión, tomar notas, preparar un informe administrativo, integrar ciertos comités, resolver pequeños problemas colectivos o encargarse del trabajo invisible que permite que los demás continúen con sus tareas principales puede ser indispensable para la organización y, al mismo tiempo, aportar muy poco a la carrera de quien lo realiza.

En una serie de experimentos y estudios, los investigadores encontraron que las mujeres eran más propensas que los hombres a ofrecerse para estas tareas, recibían más solicitudes para realizarlas y también mostraban mayor probabilidad de aceptar cuando se les pedía directamente. Una explicación importante no era simplemente que las mujeres “prefirieran” ese trabajo: las personas también parecían haber aprendido que una mujer tenía mayores probabilidades de aceptar, por lo que terminaban solicitándoselo con más frecuencia. Aquí aparece un mecanismo fascinante: una expectativa puede terminar produciendo la conducta que aparentemente la confirma.

Si esperamos que una mujer diga que sí, se lo pedimos más veces. Si recibe más solicitudes, tiene más oportunidades de aceptar. Si acepta repetidamente, los demás aprenden que es “la persona que siempre ayuda”. Y cuando finalmente intenta modificar ese patrón, ya no está respondiendo únicamente a una solicitud puntual: está alterando una expectativa colectiva.

Esto es importante también desde el punto de vista profesional porque el tiempo es un recurso finito. Cada hora destinada a una tarea necesaria pero poco visible es una hora que no puede destinarse a un proyecto estratégico, una capacitación, una iniciativa de alto impacto o una actividad que aumente capital profesional. Los autores advierten precisamente que una distribución desigual de estas tareas puede contribuir, con el tiempo, a diferencias en progresión profesional.

El problema entonces no es que las mujeres colaboren demasiado. El problema es que las organizaciones pueden beneficiarse del trabajo invisible de algunas personas sin contabilizar adecuadamente su costo de oportunidad.

Cuando el límite amenaza la identidad

Fuera del trabajo ocurre algo parecido, aunque resulta mucho más difícil de medir. Si una persona ha aprendido que una parte importante de su valor proviene de ser responsable, comprensiva, cuidadora o indispensable, negarse a una petición puede activar un conflicto que va mucho más allá de la decisión concreta. Decir que no puede sentirse como una amenaza a la propia identidad.

No porque la persona racionalmente crea que está obligada a aceptar todo, sino porque puede haber construido durante años una asociación silenciosa entre ser buena y estar disponible.

La culpa que aparece después de poner un límite resulta especialmente interesante desde esta perspectiva. No siempre demuestra que hicimos algo incorrecto. A veces simplemente indica que hicimos algo incongruente con el personaje que estamos acostumbrados a representar.

Ese personaje puede haber sido enormemente adaptativo. Quizá permitió recibir reconocimiento, evitar conflictos, mantener relaciones o convertirse en alguien confiable. No necesitamos demonizarlo. Pero cuando una identidad basada en el cuidado se vuelve excesivamente rígida, empieza a aparecer una pregunta incómoda: ¿puedo seguir considerándome una persona generosa cuando decido que esta vez no voy a ayudar?

La respuesta racional parece obvia. La respuesta emocional no siempre lo es.

Y por eso muchas personas descubren que la parte más difícil de poner un límite no ocurre durante la conversación, sino después, cuando aparece la necesidad de explicar demasiado, justificar la decisión o reparar inmediatamente cualquier decepción que pueda haber provocado.

El trabajo emocional también consume recursos

Existe además otra capa que suele permanecer invisible: el trabajo emocional. En muchos contextos profesionales y relacionales no basta con cumplir una tarea; también se espera gestionar emociones, preservar armonía, anticipar necesidades, contener tensiones y presentar determinados estados emocionales aunque no coincidan con lo que realmente sentimos.

La investigación sobre trabajo emocional ha asociado ciertas formas de regulación emocional sostenida con agotamiento y burnout, aunque sus efectos dependen del contexto, de la autonomía disponible y de la forma específica en que se gestione esa expresión emocional. Revisiones y metaanálisis recientes continúan encontrando relaciones significativas entre trabajo emocional y agotamiento laboral.

Para comprender la dificultad de decir que no, esto tiene una consecuencia importante: poner un límite no implica solamente rechazar una tarea; puede implicar dejar de administrar emocionalmente la reacción de los demás.

Una mujer puede decir que no y, acto seguido, comenzar a preguntarse si la otra persona se habrá ofendido, si debería haber usado otro tono, si fue demasiado firme, si necesita compensarlo posteriormente o si convendría enviar otro mensaje aclarando que “no es nada personal”. Así, el límite formalmente se estableció, pero el trabajo emocional continúa.

Desde esta perspectiva, la asertividad femenina no debería reducirse a enseñar mejores frases. Las organizaciones y los vínculos también necesitan examinar por qué determinadas personas sienten que deben gestionar las emociones ajenas después de ejercer un derecho perfectamente legítimo.

El problema de convertir un fenómeno sistémico en un curso de asertividad

Aquí aparece una tentación frecuente en el desarrollo personal y también en Recursos Humanos: detectar una desigualdad estructural y responder exclusivamente entrenando a las personas afectadas.

“Las mujeres tienen que aprender a negociar.”

“Necesitan ser más asertivas.”

“Deben establecer mejores límites.”

Todo eso puede ser útil. Pero es insuficiente.

Si una organización descubre que ciertas personas reciben sistemáticamente más tareas administrativas, emocionales o de soporte, la solución no debería consistir solamente en enseñarles a negarse mejor. También debería preguntarse quién asigna esas tareas, bajo qué criterio, quién obtiene reconocimiento por ellas y qué trabajo permanece fuera de los sistemas formales de evaluación.

El mismo principio sirve para las relaciones personales. No siempre necesitamos preguntarle a la persona sobrecargada por qué continúa diciendo que sí. A veces también conviene mirar alrededor y preguntar por qué tantas personas siguen acudiendo a ella.

Esta mirada evita una conclusión peligrosa: que si una mujer está agotada por sostener demasiado es porque no supo poner límites. La capacidad individual importa, pero el contexto también enseña, recompensa y castiga conductas.

Decir que no no equivale a dejar de ser colaborativa

Existe, finalmente, un falso dilema que merece desaparecer: la idea de que tenemos que elegir entre ser personas generosas o personas capaces de poner límites.

Las relaciones saludables y las organizaciones saludables necesitan ambas capacidades.

Necesitamos cooperación, cuidado, flexibilidad y disposición para realizar tareas que quizá no proporcionen reconocimiento inmediato. Ningún equipo podría funcionar si cada integrante evaluara cada pequeña contribución exclusivamente según su retorno profesional.

Pero también necesitamos que esas contribuciones sean distribuidas, visibles y voluntarias.

Un sistema que funciona porque siempre existe alguien incapaz de decir que no no es verdaderamente colaborativo. Simplemente encontró una fuente confiable de trabajo adicional.

Y quizá aquí esté la diferencia más importante.

Decir que no no es necesariamente una retirada del vínculo. Puede ser una manera de renegociarlo.

Permite que un sí vuelva a significar algo.

Cuando sabemos que podemos negarnos, nuestra aceptación deja de ser automática y se transforma en una verdadera elección.

La pregunta no es solamente “¿por qué no dije que no?”

Quizá, la próxima vez que aceptemos una responsabilidad que en realidad no queríamos asumir, resulte más útil evitar el autorreproche inmediato y observar la situación con curiosidad.

¿Qué estaba intentando conservar con ese sí?

¿Aprobación?

¿Armonía?

¿La identidad de persona responsable?

¿La tranquilidad de no decepcionar?

¿La sensación de ser necesaria?

¿O simplemente existía una expectativa perfectamente razonable de colaboración?

No todos los síes son sometimiento y no todos los noes son saludables. La madurez no consiste en negarnos más, sino en reconocer cuándo nuestra respuesta surge de una elección y cuándo surge del temor a las consecuencias de elegir otra cosa.

Y allí la investigación científica empieza a encontrarse con una pregunta mucho más antigua: qué parte de nosotros mismos estamos dispuestos a sacrificar para conservar pertenencia.


Una reflexión más íntima: Las mujeres fuertes pueden decir que no

Este artículo quiso mirar el problema desde la psicología social y las organizaciones, pero existe otra dimensión mucho más íntima: qué ocurre dentro de una mujer cuando comienza a romper con el personaje que aprendió a sostener durante años.

En el nuevo video de Desde Mi Psique, parto del poema Para las mujeres fuertes, de Marge Piercy, que encontré en Ser mujer, un viaje heroico, de Maureen Murdock, para explorar justamente esa otra cara del límite: la culpa, la fortaleza, la sombra, la necesidad de ser querida y esa pequeña palabra capaz de alterar por completo una relación cuando durante demasiado tiempo nos acostumbramos a decir que sí.

▶ Ver el video: “Las mujeres fuertes pueden decir que NO | Maureen Murdock y el poder de los límites”

Porque quizá aprender a decir que no no consista en volvernos menos amorosas. Tal vez consista en dejar de excluirnos de la lista de personas que también merecen nuestra consideración.

Referencias para profundizar

Babcock, L., Recalde, M. P., Vesterlund, L. & Weingart, L. (2017). Gender Differences in Accepting and Receiving Requests for Tasks with Low Promotability. American Economic Review, 107(3), 714–747.

Babcock, L., Recalde, M. P. & Vesterlund, L. (2017). Gender Differences in the Allocation of Low-Promotability Tasks: The Role of Backlash. American Economic Review, 107(5), 131–135. Un matiz importante: este estudio replicó la diferencia en asignación y aceptación de estas tareas, pero no encontró que la posibilidad de penalización explicara por sí sola la brecha observada.

Castaño, A. M., Fontanil, Y. & García-Izquierdo, A. L. (2019). Revisión sistemática sobre estereotipos de género y discriminación organizacional, incluyendo la distinción entre expectativas comunales y agénticas.

Chen, Y.-C., Huang, Z.-L. & Chu, H.-C. (2024). Metaanálisis sobre trabajo emocional y burnout, con una relación positiva significativa entre ambos fenómenos. 



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