El costo invisible de parecer estar bien en el trabajo
Tal vez duerme menos. Necesita todo el fin de semana para recuperarse. Ha reducido su vida social. Ya no lee, no hace ejercicio, no pinta, no camina o simplemente ha dejado de hacer aquellas cosas que antes no necesitaban justificar su utilidad. Nada parece haberse roto todavía. Lo que ha cambiado es el costo de mantenerse en pie.
Esta diferencia resulta especialmente importante porque buena parte de nuestra cultura laboral continúa utilizando el rendimiento como una especie de termómetro indirecto del bienestar. Mientras alguien produzca, suponemos que puede seguir produciendo. Mientras responda, asumimos que dispone de recursos para hacerlo. Pero funcionamiento y bienestar no son equivalentes. Una persona puede seguir cumpliendo mucho después de haber comenzado a pagar un precio demasiado alto por cumplir.
La estabilidad no siempre significa ausencia de tensión
Esta reflexión parte de un ensayo reciente publicado en Psyche por el neurocirujano y científico biomédico Sasi S. Senga. Desde su experiencia médica y personal, Senga explora una paradoja frecuente en los sistemas vivos: procesos que llevan mucho tiempo desarrollándose pueden volverse visibles de manera aparentemente repentina porque, durante un período considerable, el organismo consiguió compensarlos.
Trasladar esta idea al mundo psicológico requiere cautela. Un tumor, una enfermedad física y el estrés laboral no son fenómenos equivalentes, y convertir cualquier experiencia humana en una metáfora médica sería intelectualmente pobre. Lo interesante está en el principio sistémico que subyace: mantener la estabilidad también puede requerir trabajo.
Cuando una demanda aumenta durante un período limitado, solemos redistribuir recursos. Dormimos un poco menos, postergamos una salida, suspendemos temporalmente una actividad y concentramos nuestra atención en aquello que requiere respuesta inmediata. Esa flexibilidad forma parte de nuestra capacidad de adaptación.
El problema aparece cuando una estrategia concebida para atravesar una excepción se convierte silenciosamente en nuestra forma habitual de vivir. La semana particularmente difícil se transforma en trimestre. El trimestre, en año. Y aquello que íbamos a recuperar “cuando todo se calme” empieza a desaparecer del calendario.
El verdadero costo puede estar en aquello que desaparece
Cuando pensamos en deterioro psicológico solemos buscar aquello que apareció: ansiedad, irritabilidad, dificultades para dormir, cansancio, problemas de concentración o desmotivación. Pero existe otra forma de observación posiblemente igual de reveladora: prestar atención a aquello que dejó de estar.
La curiosidad, la conversación sin prisa, la actividad que realizábamos sin ningún objetivo productivo, el deseo de encontrarnos con otras personas, la capacidad de aburrirnos, el libro que ya no abrimos, la caminata que siempre queda para otro día. No toda reducción de actividades indica un problema psicológico. Las vidas cambian, las prioridades también y existen temporadas legítimamente exigentes. Pero cuando cada esfera restauradora comienza a ser sacrificada sistemáticamente para proteger nuestra capacidad de continuar trabajando, aparece una pregunta diferente. No se trata solamente de cuánto estamos haciendo. Se trata de qué parte de nuestra vida está financiando ese desempeño.
Desde una perspectiva organizacional, esta distinción es crucial. Dos personas pueden presentar exactamente el mismo nivel de productividad mientras necesitan cantidades radicalmente distintas de esfuerzo psicológico para sostenerlo. El resultado observable puede permanecer estable mientras el costo interno aumenta. El tablero continúa en verde. La persona, quizá, ya no tanto.
Cuando parecer bien también se convierte en trabajo
A esta ecuación debemos agregar otro componente: muchas ocupaciones no exigen solamente realizar determinadas tareas. Exigen también mostrar determinadas emociones mientras las realizamos. Atender con amabilidad. Liderar transmitiendo confianza. Mantener serenidad frente al conflicto. Mostrar entusiasmo. Escuchar pacientemente. Sonreír. Contener una reacción.
La investigación denomina a este fenómeno emotional labor o trabajo emocional. Una de sus formas, conocida como surface acting, ocurre cuando modificamos nuestra expresión externa para mostrar la emoción requerida aunque internamente sintamos algo diferente.
Un metaanálisis publicado en 2025 que reunió 27 estudios observacionales encontró asociaciones significativas entre formas de trabajo emocional caracterizadas por mayor agotamiento —particularmente surface acting y disonancia emocional— y resultados negativos de salud mental, entre ellos ansiedad, depresión, insomnio y malestar psicológico general. Sus autores también señalan que la heterogeneidad de los estudios obliga a interpretar los resultados con cautela y que hacen falta más investigaciones longitudinales capaces de aclarar relaciones causales. Pero incluso sin convertir esta asociación en una explicación universal, el concepto permite comprender algo importante: la apariencia de estabilidad también puede consumir recursos.
No solamente debemos resolver el problema, debemos parecer tranquilos mientras lo resolvemos. No solamente atravesamos incertidumbre, tal vez creemos que nuestra posición exige transmitir certeza y entonces aparece una tarea adicional, invisible en cualquier descripción de puesto: gestionar la impresión de que todo aquello que hacemos no nos está costando demasiado.
La paradoja de la persona confiable
Aquí aparece una paradoja frecuente en las organizaciones. Cuanto mejor compensamos una sobrecarga, menos visible puede resultar la necesidad de modificarla. Quien siempre consigue resolver recibe otro problema. Quien nunca dice que no puede recibe otra responsabilidad. Quien responde fuera de horario demuestra que está disponible y, por lo tanto, continúa recibiendo mensajes fuera de horario. La competencia comienza a generar su propia carga, por eso conviene distinguir resiliencia de sostenibilidad.
Ser capaz de atravesar una situación difícil es una capacidad valiosa. Pero demostrar que podemos soportar algo no demuestra que debamos continuar soportándolo indefinidamente. Una organización que interpreta toda adaptación exitosa como evidencia de que las condiciones son adecuadas corre el riesgo de utilizar la resiliencia de sus personas para compensar problemas estructurales.
La biología incluso ofrece un concepto interesante para pensar esta acumulación: la carga alostática, utilizada para estudiar la desregulación fisiológica asociada con exposiciones prolongadas a distintas fuentes de estrés. La investigación ocupacional encuentra resultados sugerentes, aunque todavía existe una importante heterogeneidad en los biomarcadores y en las formas de medirla, por lo que no debe utilizarse como una explicación simplista del estrés laboral. La idea relevante es más modesta y, a la vez, poderosa: adaptarnos repetidamente puede tener un costo.
Rendimiento no es sinónimo de salud
El burnout aparece con frecuencia en estas conversaciones, pero incluso aquí conviene ser precisos. La Organización Mundial de la Salud lo define en la CIE-11 como un fenómeno ocupacional vinculado al estrés crónico en el trabajo que no ha sido gestionado exitosamente, caracterizado por agotamiento, mayor distancia mental o cinismo respecto del trabajo y reducción de la eficacia profesional. No está clasificado por la OMS como una enfermedad médica.
Sin embargo, esperar a que aparezca un cuadro reconocible de burnout para preguntarnos por el costo del trabajo puede significar observar demasiado tarde. Existe una larga zona anterior. La persona todavía cumple, todavía puede, todavía llega, todavía resuelve y precisamente por eso nadie pregunta cuánto esfuerzo requiere ya hacer aquello que antes hacía con naturalidad.
Quizá necesitamos ampliar nuestra concepción de salud laboral. Además de preguntarnos cuánto produce una persona durante sus horas de trabajo, podríamos preguntarnos qué capacidad conserva para vivir cuando esas horas terminan.
¿Qué queda de su atención?
¿Qué queda de su paciencia?
¿Qué queda de su interés por el mundo?
¿Qué queda de sus vínculos?
¿Qué queda de esa parte de la existencia que no produce indicadores, reportes ni resultados, pero que hace que la vida siga sintiéndose propia?
La sombra detrás de la estabilidad
Desde Mi Psique siempre ha tenido interés por aquello que permanece en los márgenes de la conciencia y quizá exista también una sombra organizacional: todo aquello que una cultura necesita no mirar para conservar la narrativa de que está funcionando.
Las organizaciones observan aquello que puede medirse con facilidad. Ventas, productividad, ausentismo, rotación, errores, cumplimiento, desempeño, pero algunos de los primeros costos del desgaste ocurren en territorios que la empresa jamás verá.
En la cena durante la cual alguien ya no consigue escuchar realmente a quien tiene enfrente, en el sábado dedicado exclusivamente a recuperarse, en el proyecto personal abandonado, en la persona que dejó de imaginar futuros porque toda su energía está dedicada a administrar el presente.
Nada de eso aparece necesariamente en un dashboard, pero forma parte del costo real del trabajo.
Quizá por eso la pregunta más útil no sea cuánto podemos soportar. Los seres humanos podemos soportar cantidades extraordinarias de tensión y, en ocasiones, precisamente nuestra capacidad de resistir dificulta reconocer cuándo algo debe cambiar. La pregunta podría ser otra:
¿Qué estamos utilizando para sostener aquello que seguimos sosteniendo?
Porque hay formas de agotamiento que no comienzan cuando finalmente dejamos de funcionar.
Comienzan mucho antes, mientras todavía funcionamos perfectamente.
Para seguir explorando
Esta reflexión nació a partir del artículo “Why long-brewing physical and mental breakdowns feel so sudden”, de Sasi S. Senga, publicado en Psyche, y dio origen también a un nuevo video de Desde Mi Psique en el que profundizamos en la compensación, el trabajo emocional, la resiliencia, el rendimiento y en esas pequeñas partes de nuestra vida que pueden comenzar a desaparecer mientras aparentemente seguimos estando bien.
Quizá la pregunta con la que termina el video sea también una buena pregunta para llevarnos después de esta lectura: ¿Qué está pagando el precio para que yo pueda seguir funcionando así?



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